Una noche de noviembre, Lilian, una joven de diecinueve años, piel suave, fantasiosa, espontanea, perdida. Iba de paso en un pequeño jardín, era una noche fría, el olor a tierra húmeda y pino. Entre los arbustos le vio; joven mujer lucida, segura. Podía olerse instinto de leopardo, un felino preparado para la caza. ¡Era ella! Estaba segura. Le había visto antes, en un sueño. Le vio en la oscuridad, sus ojos negros, su pelaje oscuro; unico. Lilan se arrodillo frente a el y besos sus grandes patas como a un rey. El felino le miro como a una gacela sumisa, sus miradas se encontraron. El marcho entre la oscuridad.
Pequeñas luces le quedaron. Ese felino le cazo. Sus grandes ojos penetraron en su ser y Lilian cual gacela se entregaba a su cazador, deseaba saciar a su leopardo y con ello pertenecerse. La oscuridad le cubrió. Despertó.
Se acerco a ella, su ser le ordenaba seguir y su cuerpo titubeaba. A sabiendas de que habría de perder su libertad, estableció conversación con ella.
Su nombre.
Océano que choca contra las rocas. Lluvia en primavera, helada en invierno.
Lilian tomo lugar a su lado, su leopardo se recostó cual joven sobre sus piernas. Iluso del sentimiento que inundaba su gacela acerco su frente a ella. Se encontraron. Las emociones fluyeron como incontenible risa, como aire de desierto, como el tiempo. Su respiración era una. Y sus labios se encontraron cual amantes en la oscuridad. Fuerte como la sal era su aprehensión. Había ocurrido el encuentro entre los destinados.
Paso el tiempo incontable entre sus brazos. Fue el amor. Y como arena que se consume por efecto de la gravedad en el reloj. Las figuras se desvanecieron en aquel jardín. Presas de la pasión y de la entrega no percibieron tan sublime trampa.
Los relojes de los amantes no siempre van a la misma hora.
Pequeñas luces le quedaron. Ese felino le cazo. Sus grandes ojos penetraron en su ser y Lilian cual gacela se entregaba a su cazador, deseaba saciar a su leopardo y con ello pertenecerse. La oscuridad le cubrió. Despertó.
Se acerco a ella, su ser le ordenaba seguir y su cuerpo titubeaba. A sabiendas de que habría de perder su libertad, estableció conversación con ella.
Su nombre.
Océano que choca contra las rocas. Lluvia en primavera, helada en invierno.
Lilian tomo lugar a su lado, su leopardo se recostó cual joven sobre sus piernas. Iluso del sentimiento que inundaba su gacela acerco su frente a ella. Se encontraron. Las emociones fluyeron como incontenible risa, como aire de desierto, como el tiempo. Su respiración era una. Y sus labios se encontraron cual amantes en la oscuridad. Fuerte como la sal era su aprehensión. Había ocurrido el encuentro entre los destinados.
Paso el tiempo incontable entre sus brazos. Fue el amor. Y como arena que se consume por efecto de la gravedad en el reloj. Las figuras se desvanecieron en aquel jardín. Presas de la pasión y de la entrega no percibieron tan sublime trampa.
Los relojes de los amantes no siempre van a la misma hora.
Un raro leopardo negro en el Laikipia Wilderness Camp, en la región central de Kenia en 2018

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